Macula lutea (ii)

El caso fue cerrado a los pocos meses cuando el calor veraniego borraba todo imperativo moral de los miembros del grupo. Annabel se había hartado de repetir que la hipótesis de trabajo que acabó por resolver el caso era la mayor falacia que jamás había oído. Sin embargo, su inminente viaje a un paraíso del sur con aquel poeta de fino bigote pronto acabó con su devoción por el método científico. Me lo confesó el último día, al salir por la puerta del departamento forense: le había podido el cuerpo y la piel; quería que lo del poetucho funcionara. -Échale un vistazo a los informes -me dijo con desgana mientras una sonrisa desconocida se colaba en su rostro marcial. Cuando la vimos salir por la puerta todos los que con ella trabajábamos la deseamos por un momento. Despojada de su carga ya no era ella, sólo un cuerpo que estaba deseando que la más lasciva lengua pronunciara su nombre. El poeta era ruso. Su lengua también. A veces charlábamos con vertiginosa sinceridad sobre nuestras intimidades cuando la presión ejercida por alguna atrocidad en la que estábamos trabajando nos recordaba lo banal de la vida. El poeta, el ruso, gustaba de escuchar los términos que se amontonaban en sus tratados de anatomía y ella amaba que él escribiera poemas con la nueva paleta técnica que le había proporcionado. Una noche tras explicarme las incoherencias -evidentes por sí solas- de la explicación del jefe decidimos impregnar nuestro descanso con licores. Ella entró en detalles y, llegada la madrugada, mis oídos incrédulos creyeron escuchar que Annabel me relataba como su amante, tras contarle los detalles del caso en la cama, le había escrito en su espalda desnuda su única obsesión, la constante que dotaba de sentido a aquél caótico absurdo al que se le presuponía orden: Macula lutea.

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