La niña pájaro

julio 24, 2008 - 3 comentarios

El fin de nuestra infancia llegó cuando se convirtió en pájaro. Surcó el cielo dejando que el viento hinchara sus finas alas de ser humano que torpemente apuntaban hacia el suelo sin que nunca nosotros llegásemos a saber si, por un instante, ella soñó con ser medusa y desplegar la olvidada belleza de su cabello para elevarse flotando, informe, hacia atrás en el tiempo. 

San Lorenzo del Escorial, 23 Junio 00:00 AM. Repican las campanas.

Devuélveme la mirada

julio 22, 2008 - Leave a Response

Mi mente se desdoblaba en un pensamiento absurdo: “Devuélveme la mirada”, repetía incesantemente queriendo penetrar en los engañosos ojos de quien sabe utilizar la mentira más antigua, la mentira verdadera.

Notas inversas para un hombre triste que se despertó en el suelo de su habitación.

noviembre 24, 2007 - 8 comentarios

Una caótica masa de agua ascendió desde la mohosa loza hasta un rostro que luchaba contra sus sueños. La piel somnolienta se colapsaba ante el repentino cambio. Sintió su existencia sin quererlo. Legañas infinitas se materializaron en sus lagrimales. Sus viejas manos luchaban pateticamente por contener el torrente de agua. De repente, todo su cuerpo retomó el peso de la inconciencia de quienes abandonan su lecho antes de tiempo. Aquel líquido, segregado por las mucosas de sus párpados, casi tapió sus ojos. Las cañerías anularon su grito mientras su mano giraba endeble. Todo era calma. El hilo incandescente de la bombilla volaba a su alrededor diluyendo todo orden cromático en su retina sellada. La fría cerámica del lugubre cuarto de baño se desplazaba a lo largo de la planta de sus pies. El frío se iniciaba en el pulgar para derramarse después por el resto de los dedos hasta desbordarse en el talón. Al instante siguiente el azulejo abandoba sus dedos en la fría y triste melancolía de quien se sabe insignificante. Todo su ser se detuvo entonces sobre el talón y, tras desaparecer la luz y todo rastro de colores voladores, repitió hasta veinte veces este absurdo ritual de péndulos asíncronos. Cada vez mas lejos de este mundo. Cada vez más incosciente. Cada una de las veinte veces con una imperceptible variación. Sus rodillas y sus manos se plegaron al borde de una cama deshecha hasta alcanzar el suelo. El inhumano zumbido del despertador comenzó . Aquel hombre triste se descubrió en el suelo mientras una de sus piernas se elevaba anudándose, como quien baila un tango ebrio, con sus sábanas de franela azul. Cerró los ojos al despertar, en el mismo instante en el que el despertador se detuvo tal y como lo había hecho los últimos dos mil días de su vida.

Macula lutea (ii)

octubre 31, 2007 - Leave a Response

El caso fue cerrado a los pocos meses cuando el calor veraniego borraba todo imperativo moral de los miembros del grupo. Annabel se había hartado de repetir que la hipótesis de trabajo que acabó por resolver el caso era la mayor falacia que jamás había oído. Sin embargo, su inminente viaje a un paraíso del sur con aquel poeta de fino bigote pronto acabó con su devoción por el método científico. Me lo confesó el último día, al salir por la puerta del departamento forense: le había podido el cuerpo y la piel; quería que lo del poetucho funcionara. -Échale un vistazo a los informes -me dijo con desgana mientras una sonrisa desconocida se colaba en su rostro marcial. Cuando la vimos salir por la puerta todos los que con ella trabajábamos la deseamos por un momento. Despojada de su carga ya no era ella, sólo un cuerpo que estaba deseando que la más lasciva lengua pronunciara su nombre. El poeta era ruso. Su lengua también. A veces charlábamos con vertiginosa sinceridad sobre nuestras intimidades cuando la presión ejercida por alguna atrocidad en la que estábamos trabajando nos recordaba lo banal de la vida. El poeta, el ruso, gustaba de escuchar los términos que se amontonaban en sus tratados de anatomía y ella amaba que él escribiera poemas con la nueva paleta técnica que le había proporcionado. Una noche tras explicarme las incoherencias -evidentes por sí solas- de la explicación del jefe decidimos impregnar nuestro descanso con licores. Ella entró en detalles y, llegada la madrugada, mis oídos incrédulos creyeron escuchar que Annabel me relataba como su amante, tras contarle los detalles del caso en la cama, le había escrito en su espalda desnuda su única obsesión, la constante que dotaba de sentido a aquél caótico absurdo al que se le presuponía orden: Macula lutea.

Macula Lutea (i)

octubre 30, 2007 - Leave a Response

There are more things in heaven and earth, Horatio,
Than are dreamt of in our philosophy.

Hay momentos estelares en la historia que fascinan el pensamiento de los más grandes hombres. Desde la Caída de Constantinopla a la conquista espacial de nuevos mundos esos imponentes acontecimientos han merecido las plumas de los más eximios académicos y artistas. Sin embargo, los hombres extraordinarios y los poetas melancólicos obvian el terrorífico vacío del absurdo de aquello que sólo uno vio. No lo habrían soportado como él lo hizo. Antes se habrían arañado las córneas para que no se apoderase de su memoria aquellas imagenes que ahora se olvidan y se borran en el cerebro putrefacto de aquel hombre. Sus versos y su lógica conclusa y perfecta perecerían en una implosión instantánea que succionaría hasta sus almas. Nada quedaría. Vacío y hombres que no podrían recuperar la conciencia.
Nosotros recuperamos el cuerpo. Fuimos los primeros en entrar y ver, con espanto y náusea, su cuerpo y rostro sonriente, inerte. Sus manos estaban allí, descansando a más de tres metros del final de sus brazos, clavadas las uñas en un techo agrietado colgando de la escayola,. Se respiraba el ansia de vómito de nuestro cuerpo porque aquel hombre sonreía y nos miraba nuestras nucas estando frente a él. Oímos algo desprenderse más allá de nuestras espaldas. Dos veces. Como si aquellas paredes dejaran caer su corrupción. Eran sus ojos. Dos minúsculos puntos amarillos no quisieron caer. Los superiores hicieron su trabajo. Jimmy vomitó las alubias enlatadas de su madre en el rellano. Después de aquello, los mecanismos de poder hicieron todo lo posible para que Jimmy abandonara el grupo. El jefe estaba harto de su bilis y sus alubias, el más inoportuno detergente para cualquier rastro o señal que sirviera en nuestra absurda arqueología. No volvimos a oir de él hasta el día que James nos enseño las fotos de su cuerpo ahogado y purpúreo en una lavadora industrial. Dicen que fue el último caso. Los ojos los encontro un subordinado mirándole fijamente desde el cajón del suavizante.

El pájaro de Camus

septiembre 25, 2007 - Leave a Response

Cada vez pienso más en la muerte.
“Lo absurdo me aclara este punto: no hay mañana. Ésta es en adelante la razón de mi libertad profunda”.
Yo no puedo decir más. Yo no soy él. Y, sin embargo, ver un pájaro muerto tan cerca del cielo se me muestra como el mayor tratado sobre el existencialismo.

I think on death more and more.
“L’absurde m’éclaire sur ce point : il n’y a pas de lendemain. Voici désormais la raison de ma liberté profonde”.
I’m not able to say more. I’m not him. However to see a dead bird so close to heaven is the best treatise about existencialism.

Asimetría

mayo 31, 2007 - Leave a Response

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Sobre la trascendencia de los paraguas.

mayo 12, 2007 - Leave a Response

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¿Por qué me recuerdas tanto a Wendy?

mayo 11, 2007 - Leave a Response

Como una gota de tinta que cae e impregna el folio blanco los ojos de Pedro Cazuela se derramaron en mi pupila. La sombra marcaba el final de la infancia.

Peter Pan’s eyes spilt out on my pupil like an ink drop that falls and impregnates a blank sheet. Shadow marked the end of childhood.

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Epidecio a los cuatro últimos años

mayo 11, 2007 - Leave a Response

Esto es sólo pensamiento aunque ahora aparezca escrito en pixeles de luz negra:
Adiós a los últimos cuatro años de mi vida. Se han ido con la indiferencia de un acontecimiento banal. Ahora que todavía están ahí y aún los puedo ver desde los bordes del abismo de la vida adulta os deseo buena suerte en la estática eternidad. Sois ya pasado. Adiós últimos cuatro años vividos. Gracias por vuestros presentes: mis muelas del juicio y el millón de preguntas que no tengo necesidad de responder. Adiós, espero que los recuerdos no os retuerzan y os dejen descansar.

Ernesto

mayo 5, 2007 - 2 comentarios

In memoriam…
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maṇḍala (i)

mayo 5, 2007 - Una respuesta

La resurrección y la vida. Una vez estás muerto estás muerto. La idea del último día. Levantándolos a todos de sus sepulturas. ¡Lázaro, sal fuera! Y salió el último y perdió el puesto. ¡A levantarse! ¡Último día! Luego cada uno huroneando por ahí su hígado y sus asaduras y el resto de sus avíos. Encontrar toda su jodida persona esa misma mañana.

“Ulises: James Joyce”.

Todas las historias comienzan con el secuestro de una mujer. La historia de la putrefacción de mi vida también. La secuestró la muerte. Murió. Se la llevó. Díganlo como ustedes quieran pero aquello fue un secuestro. Alienada de los años que le quedaban por vivir, de mi lecho, de su lecho y de mi vida, fue secuestrada del tiempo que nos tocaba compartir. Aún mis nervios muertos mantienen el rastro que dejó su cuerpo arrancado de mi vientre nocturno. Usen algún eufemismo si lo desean. Quizá alguna de esas fórmulas de noticiario amarillo —de cementerio—. D.E.P. Pasó a mejor vida, descanse en paz. Háganlo. No sufran por mí. No se puede nadar en contra del tiempo. La muerte, la suya, siempre será un secuestro perpetuo y su ausencia el motor del final de mi vida.
Después de su muerte llegué a Ivalo. Ahora, sin embargo, ya no sé dónde estoy. Ni siquiera me siento. Quizá ella lo sepa. Llegó antes. Se lo confesé para que viniera a buscarme si algún día —quizá el último— se daba la oportunidad. Pero los secretos y las confesiones que guardan los muertos poco importan. Yacía muerta. Me acerqué a su oído cuando ya no estaba. Fue sólo un susurro, casi un pensamiento. (Iré a Ivalo, te esperaré allí).
Desde que ella murió no dejó de llover. Ni allí ni en Ivalo. Tuve que comprar un paraguas. No pude llorar. Mis huesos goteaban lágrimas. Mis costillas casi se oxidaron. Tal vez no tenía que haberlo hecho —comprar el paraguas—. Habría sido mejor impregnarse en lluvia. Arrugarse por humedad extrema. Ser viejo al fin y morir.
Puede que ella me haya olvidado completamente. Quién sabe si no nos borrarán los recuerdos todos esos gusanos y bacterias que comen los cerebros de los muertos. Yo creo que ya he empezado a olvidar porque ya no me duele tanto. Será alguna cucaracha que se está comiendo mi dolor —parece que todavía no se han comido el recuerdo de sus ojos. (Como desaparezca moriré de nuevo) —.
En Ivalo dormía en una cabaña. Estaba llena de cucarachas. No sé como son capaces de aguantar las temperaturas de ese lugar. Hacía demasiado frío y no paraba de llover. El día anterior a mi huída me encontré una de ellas, minúscula, negra rojiza, agonizando en las sales de cianuro de sodio. Caería allí por algún tipo de fatal desgracia. El azar es el más cruel de los monstruos. También se llevó a mi mujer dejándola del color de la muerte. Azul o blanca. Ya no lo recuerdo. Quizá violeta.
La cabaña sólo tenía una ventana. Nadie pasaba por allí aparte de la luz de una mugrosa farola. Llovía tanto. Estuve allí dos semanas pudriéndome vivo. Los habitantes de Ivalo no me veían. No sé ni si tenían ojos. Eran tan blancos que he olvidado las líneas de sus rostros. Ahora ya sólo son fantasmas de los que viven en un mundo que no es el mío. La única persona con la que hablé, allí, en Ivalo, me dijo que nadie paseaba por aquí cuando se iban las nieves. Para qué me preguntaba. Yo no supe que responderle. Para qué seguir paseando creo que es una de esas preguntas que el más profundo de los filósofos tampoco podría responder.
Los días en Ivalo eran cortos. Sin embargo cada una de las noches que quise vivir allí fueron eternas como la muerte y la línea del tiempo. Lo preparé todo para desaparecer mientras los pequeños insectos de imparables patas huían asustadizos. Debería haberlos matado a todos. Se comerán mis recuerdos que es lo único que ahora tengo. Espero que si algún día volvemos en cuerpo alguien lo repare. Es el problema de la resurrección. A Cristo no le mandaron un cirujano para que le cosiera las manos. Andaba por el mundo agujereado. Será la resurrección de los coladores. Si no me he ganado ya el infierno espero que los agujeros sean pequeños. Del tamaño de estos minúsculos insectos.
La última noche compré vino al único fantasma que me hablaba. Cualquiera diría que yo era el muerto. Tan blanco él, yo tan negro. Recorrí las calles de Ivalo. Mi paraguas se lo llevó el viento.